En el hayedo de Eume







Fraga do rio Eume, 16 de noviembre de 2017 

Ayer terminé con Tolstoi y hoy paso la tarde recorriendo el Camino Norte de Santiago ya a pocas jornadas de Irún. Allí acaba de inaugurarse la primavera y la lluvia y el barro inundan todos los caminos del País Vasco, encantador camino por otra parte donde la niebla todo lo viste de misterio y poesía. Son largas horas de caminar con el tintineo del agua sobre mi capa impermeable, que siempre termina siendo permeable. Inolvidables días de peregrinaje aquellos cuando los brotes de las hayas empezaban a vestir el bosque de la esperanza de un tiempo nuevo y donde el encuentro con otros peregrinos vadeando charcos o compartiendo una animada  conversación animaban ese ambiente terco y ceniciento de la niebla apretada contra los prados o enmarañada entre los robledales que aparecían como condenados de brazos en alto inclinados a nuestro paso dispuestos a contar alguna historia de duendes o lobos. 

Ahora me espera Dino Buzzati y su obra El secreto del Bosque Viejo, que fue recomendación de un amigo de Miguel Ángel Sánchez Gárate cuando apareció por ahí El desierto de los tártaros, que tanto me gustó tiempo atrás. Pero antes de proseguir voy a hacer un inciso. Esta mañana no despedimos del mar y decidimos pasar a continuación por el último hito de este recorrido otoñal, la Fraga do Eume. Fue después de comer, así que el recorrido no podía ser muy largo. Lo primero que nos sorprendió fue el encontrarnos en un paisaje de colinas, que en cierto modo llegaban a resultar monótonas después de abandonar el mar, un profundo valle en cuyas laderas todavía el otoño conservaba su vestimenta de color. Entre la central hidroeléctrica y el monasterio de Xoán de Caaveiro, el río Eume corre encajonado entre dos empinadas laderas pobladas de castaños, abedules, avellanos, hayas y algún que otro laurel. Es un paisaje umbrío donde líquenes, algas y hongos crecen profusamente envueltos en una penetrante humedad; las hiedras trepan por los troncos en compañía de líquenes de un verde intenso que cubre enteramente su superficie y sus ramas. Es un paisaje inesperado en medio de una Galicia de colinas suaves y bosques de eucaliptos. Tuve que volverme al coche a por el trípode debido a la oscuridad que reinaba en las laderas. Un estrecho sendero muy resbaladizo acompaña al río a una discreta distancia del él. Noto enseguida que después de más de un mes de fotografiar los bosques del norte desde la Sierra Norte de Madrid, Aragón y, desde Cataluña y el Pirineo a Galicia, he perdido la frescura que me llevaba a merodear por todos los rincones del bosque a la búsqueda de una toma interesante, riachuelo, hojas, robustos troncos cubiertos de líquenes, la corriente del río bajando alborotada, los helechos color hierro viejo. Paseo por el bosquejo como un coleccionista que dijera para sí: esto ya lo tengo, también aquello. He recogido con mi cámara tantos cientos de fotografías de tantos y tantos bosques, tantos días de niebla, tantos saltos de agua, tantos riachuelos asomando entre las verdes rocas y los helechos, que es difícil encontrar algo nuevo. Así que mi paseo deja a un lado al fotógrafo y sigue el estrecho sendero cubierto todo él de hojas de castaño o robles atento a los resbalones, al rumor del agua, a los colores que pasan esta vez frente a mis ojos con una tan conocida familiaridad que ni siquiera despierta el apetito de mi cámara. 

Después de una hora nos volvemos. Cabía la posibilidad de regresar por la otra orilla pero no nos atrevimos a utilizar una línea discontinua que aparece en nuestro mapa en donde quién sabe si nos podríamos enriscar. Atardece muy pronto y vamos con lo puesto, no es cosa de arriesgarse. El terreno no es difícil, pero fuera del sendero es imposible caminar. La ladera cae abrupta hacia el río Eume. 

Las recomendaciones para leer un libro o cierto autor que a veces uno se encuentra accidentalmente en una conversación o, también, en alguna de nuestras lecturas, tienen a veces una singladura tan fructífera que bien merece la pena probar a leer eso que alguien te aconsejó o que leíste aquí o allá. Mis resultados de encuentros de este tipo son a veces excelentes. La lectura de toda la obra completa de Joseph Conrad, por ejemplo, se la debo a Borges, pero hay un enorme puñado de libros que me encantaron que fueron localizados aquí y allá a partir de un amigo, un comentario o, como en el caso de El secreto del Bosque Viejo, a una accidental entrada en las redes. El que uno pueda descubrir así una obra que va a llenar un montón de horas de agradable e intensa lectura, que te va a hacer descubrir un mundo nuevo o proporcionarte una visión particular del él, que va a acompañarte con sus miedos e inquietudes hasta cumbres que te están vedada o simplemente que van a relajar tu ánimo de parecida manera que lo hace la cercanía del mar, merece nuestro sincero agradecimiento a todos aquellos de que nos convertiremos en deudores si la obra realmente nos llega a encantar. 

Aquí queda mi crónica. Me voy con Dino Buzzati. Hoy damos por finalizado nuestro viaje otoñal de este año. 















La constelación de Orión vela el sueño de los durmientes de la choza ambulante. 



El hombre demediado sueña con otra reencarnación

  

Playa de Barayo, 9 de noviembre de 2017 


Esta mañana teníamos programado recorrer la costa entre playa de Barayo y Navia, una caminata de seis horas, pero cuando sonó el despertador llovía sobre los "chopos medio deshojados/ sobre los pardos tejados" tanto, que fue muy agradable seguir durmiendo y continuar escuchando en el duermevela del sueño ese "llueve, detrás de los cristales, llueve, llueve". 

A uno, en esta hora de pereza en que no acierta a levantarse porque llueve y se está tan ricamente bajo el saco de dormir a modo de manta, se le pasan por la cabeza tantas cosas que por sí solas darían para llenar las páginas de un libro. Hoy me sonaban en los oídos el breve discurso de Irene Montero que me dio a escuchar Victoria. Todo el desmadre que hicieron alrededor de Vistalegre II, ella, su novio y unos cuantos más, han hecho que no tenga mucha simpatía a esta mujer, sin embargo es justo reconocer que el timbre de su voz, la seguridad con que hablaba y la precipitación en cascada de sus palabras cayendo como olas de temporal en sucesiva acusaciones denunciando las consabidas mangonerías del PP hizo que admirara en ese momento su contundencia y bien elaborado discurso. 

Recuerdo leyendo la Historia de la Literatura de José María Valverde un hermoso pasaje en donde cuenta como Mirabeau, que hasta entonces había aparecido como un parlamentario corriente, encendido por los aires de la revolución que corrían entonces en París, cuando las tropas del rey irrumpen en la Asamblea Nacional, motivado por el fluir inesperado del discurso, sus palabras, de repente con una capacidad inusitada, fueron capaces de enardecer a la Asamblea hasta el punto de dar nacimiento con ella a la Revolución Francesa. 

Irene Montero y Mirabeau son ejemplos de situaciones que se producen al calor de circunstancias extraordinarias y que sin la concurrencia de tales momentos probablemente las aptitudes personales habrían seguido adormecidas esperando quién sabe la suerte de que algo o alguien la desempolvara. Vi a Irene Montero al principio de aparecer en los medios en La Sexta y francamente su papel era bastante lastimoso, no entendía que esa mujer estuviera ahí representando al naciente Podemos. Pero, sí, aprendió, aprendió bastante bien; Pablo Iglesias cambió de novia y el cuñadismo que jamás creímos posible en Podemos, la puso en condiciones de despertar esas aptitudes que de lo contrario, acaso, no habrían tenido oportunidad de expresarse. 

Fuera seguía lloviendo, entre el chapoteo se oía el lejano rumor de las olas. Me acordaba del asunto ese de los talento de que habla el Evangelio y me preguntaba hasta dónde seremos capaces no sólo de usarlos sino de tener conocimiento de ellos. Puesto ante el televisor con el mando a distancia y después de haberte tragado un par de telediarios, alguna que otra telenovela y seguido de postre un partido de fútbol, y así todos los días más o menos, se me ocurre que poco puede desarrollarse eso del talento, o magín, que diría Pío Baroja. Pero no es por ahí por donde quisiera seguir. Me intrigan las aptitudes ocultas y desconocidas, y que puestos a meter las manos en la masa, algo nuevo o extraordinario, pueden despertar inesperadamente. Despertar inesperadamente a veces para nuestro asombro. Escribe Stefan Zweig en El misterio de la creación artística, que el artista, músico, pintor, poeta, no puede dar razón del proceso de su creación porque estando absorto en lo que crea está a su vez fuera de sí, razón por la cual no podemos saber en realidad en qué consiste ese hecho creativo. E ilustrando la idea cuenta de Balzac al que encuentra entristecido un amigo en su paseo habitual. Cuando el amigo le pregunta por la razón de su pena éste le contesta que acaba de fallecer la condesa X. El otro, que no conoce a la tal condesa insiste hasta que cae en la cuenta de que Balzac está hablando de una condesa fallecida en la novela que tiene entre manos. 

¿No habrá algo que se nos escapa y sin ser conscientes podríamos llevar dentro un Shakespeare, un Mozart, un Einstein, o también un habilidoso hijo de puta de los que tanto abundan en esta nuestra sufrida patria? Ahí queda en el aire la oportunidad de que algo pueda cruzarse en el camino y pueda decantarmos hacia algo que merezca la pena, aunque también cabe la posibilidad de que alguno se oriente a ser tesorero de un partido político, otro para ser portavoz, o quizás para simple hijo de vecino que descubre en sí mismo una habilidad desconocida o una aptitud inesperada. 

Si una mujer de ochenta y dos años de la que hablaba el otro día, puede descubrir un nueva veta que explorar en su persona, un mundo nuevo en que sumergirse, ¿con cuánta más razón cualquier otro puede encontrar un día de estos un tesoro dentro de su propio yo del cual ignoraba su existencia? Un asunto cada vez más difícil pero que, ¿por qué no?, merecería la pena tener en cuenta. 

Cesó la lluvia, desayunamos, Victoria bajó a darse un vuelta a la playa y yo saqué una silla plegable al césped de enfrente para contemplar desde allí el panorama y terminar estas líneas. Uno no sabe nunca qué puede llegar a sacar de sí. A mí una vez me pusieron un micrófono en las manos ante un millar de personas y me escuchaba hablar y no me lo creía lo bien que sonaba aquello; incluso hubo aplausos para aquella reivindicación que defendía. Y el tímido ni siquiera se escondió bajo la mesa. Sin embargo en otro momento me hicieron un entrevista en un emisora de radio y no pasé más allá de balbucir una pocas frases inconexas. 

Jodido cosa esa de que uno ande demediado por la vida, solamente cargando con la parte visible y un poquito más y se vaya a ir de este mundo sin saber de esa otra mitad que se quedó agazapada en cualquier rincón del alma acaso esperando una reencarnación próxima para manifestarse. 











¿No serán los recuerdos una de las mejores cosas que tenemos?



Playa de Portezuelo, Luarca, 7 de noviembre de 2017 

Seguimos esto días, aunque en sentido inverso y en coche, la línea de la costa que hiciera años atrás a pie recorriendo el Camino Norte de Santiago. A la vez releo el libro que resultó de aquella caminata entre Santiago e Irún. La mezcla de ambas situaciones, el camino, un invierno del 2013, y el recorrido otoñal de ahora mismo está proporcionándome un especial placer. Ahora, que dedico todas las noches antes de meterme en la cama un buen rato a rememorar aquel invierno mientras en mi mente permanecen los paisajes por donde hemos caminado por la mañana junto al mar, la ebullición de los recuerdos -nada de carpe diem y de ceñirse a vivir el presente-, el invierno, la lluvia, un día en que me vi obligado a caminar todo el santo día por una carretera nacional porque los caminos estaban terriblemente embarrados, vienen a mi memoria como hijos llegados de las lejanas tierras del tiempo a hacerme compañía mientras me preparo para el sueño acompañado, hoy también, por la lluvia que repica sobre el techo de nuestra furgoneta; y su compañía me es tan grata que me digo que si acaso las cosas no serán muy distintas de lo que nos han hecho creer a menudo con eso de que ni el pasado ni el futuro existen, que sólo importa el presente.  Y es que no hay noche en que por una u otra razón se me dibuje una sonrisa en los labios, suelte una carcajada o me bañe melancólicamente en algún paraje especialmente emotivo al que la lectura me lleva. 

Voy conduciendo por algunas carreteras de la costa y de golpe se me va el pie al freno; coño, si aquí fue donde me encontré a la lituana, aquella joven medio loca que besaba todas las fotos que colgaban en las paredes del albergue donde aparecía el papa o la virgen; y aquí, en Villaviciosa, donde me enamoré de Marichu, la guapetona moza de grandes ojos azules que me encandiló hasta los huesos y con la que pasé acurrucado una noche como Zeus en los brazos de Hera cuando sumidos en floridas nubes folgaban y dormían apaciblemente mientras troyanos y la banda de Aquiles se rompían el espinazo; y el paseo posterior en compañía de tan recia moza a través de los roquedales de la costa astur durante un par de días. ¡Ah, días aquellos que refrescan el alma y endulzan el tiempo de la distancia! Y más, y allí donde me reí tanto de Ramón cabalgando en su rocín porque venía hecho un Cristo mojado hasta los huesos mientras que un servidor salía medio borracho del restaurante de la esquina, el amigable Ramón con quien recorrí aquel invierno media España junto a su caballo Vermell y su perro Dor; y enseguida los dos riendo a carcajadas a las puertas del albergue de Ribadesella, él empapado y yo séquito, porque hasta esas cosas nos hacían gracia, tanto o más cuando se trataba de conquistar alguna Dulcinea que se nos aparecía en algún pequeño albergue de alguna aldea de la Ruta de la Plata; Ramón, el caballero andante ligón y un servidor, el tímido recalcitrante, amén de estrábico y sordo como una mula, vamos, todo un adefesio, al que en ocasiones similares se le subían los colores a las mejillas pero que no por eso dejaba de usar la galanterías pertinentes que la situación requería a fin de que el caballero andante no se llevara las tajadas más sustanciosas de la cosa. Y aquellas lomas que circundan Gijón que atravesé todas cubiertas de nieve, mientras leía al magnífico Andrea Camilieri en su bella obra El beso de la sirena. Y las tardes noches en los albergues, la gente del camino, el paisaje nevado como una enorme estepa rusa al norte de Zamora, cuando aquello parecía una larga secuencia del Doctor Zhivago camino del destierro. 

Cuentos para sentarse junto al fuego de la chimenea y echar toda la noche en una larga charla mientras fuera el viento y la nieve golpean contra los cristales de la cabaña. Cabaña de bosque, choza con ruedas, un lugar donde mirar la vida y el pasado mientras se comparte un culito de whisky frente a las llamas. Un día debería ser posible encontrarnos, así, alrededor de la hoguera de loa recuerdos; ¿te parece, Ramón; Marichu; Manuela con quien paseé una bonita mañana de niebla entre las ruinas de Mérida a la orilla del Guadiana; Manuel Coronado el andarín; Franz, aquel ermitaño que caminaba sin rumbo por tierras catalanas y con quien departí largamente sobre filosofía oriental; tantos amigos que quedaron en lo caminos aquel invierno? 

Este año queremos visitar a en Galicia, veremos como anda el tiempo, a un amigo de los caminos, Sergio, al que sólo conocemos a través del ciberespacio, un gallego de mi edad que encontró mis relatos en Internet y ni corto ni perezoso, tomando el ejemplo de Ramón y un servidor, tomó de las bridas a su yegua y se echó al camino para seguir las huellas de los innumerables andarines de los Caminos de Santiago. Nos hemos prometido compartir una cerveza y charlar mientras tanto de esta pasión que consiste en ir de un lado para otro del mundo emborrachándose con los vientos y las lluvias, el sol o los ojos bonitos de una moza que se cruzan en nuestro camino.

Primero las lluvias nos echaron de las montañas de Valderejo y nos marchamos al mar de Santoña; de allí volvimos a los bosques del Parque Natural de Redes, donde volvimos a encontrar la lluvia, pero también un bosque precioso. Regreso al mar, pues, y a las caminatas por lo acantilados. Ahora Somiedo llueve demasié, así que de momento, mientras escapa hemos puesto rumbo a Galicia y pasamos los días descubriendo pequeños rincones de la costa. Hoy, tras pasar por la playa Aguilar, donde pernoctamos, y caminar hasta el cabo Busto, recalamos en una agreste playa donde las olas superan los cuatro metros de altura, la playa
Portezuelo, junto a Luarca. 

Y de tanto darle a las teclas del teléfono casi se me ha pasado mi hora de la lectura de Tolstoi, con quien estoy recuperando el viejo hábito de las largas tardes de leer, lectura sin pausa, detallista, donde todos y cada uno de los personajes han de pasar bajo el microscopio del autor para da cuenta de sus vidas, donde las ideas de un mundo nuevo y más justo que el autor esboza a través de su protagonista, caldea una esperanza semiperdida y, sobre todo donde uno encuentra ese leer sin prisas un gran tocho, cosa cada vez más difícil en estos tiempos que corren y en donde todos parecemos querer dejar atrás de continuo nuestra sombra. Resurrección, es el título de la obra. 

Fuera, el bronco y estruendoso fragor de las olas; dentro de nuestra acogedora choza el confort, la lluvia repicando sobre el techo. Victoria estudia un libro de música, yo escribo. Un ambiente muy hogareño; el otoño hace sus deberes.










En La Pesanca. Parque Natural de Redes.



La Pesanca, 5 de noviembre de 2017 

Amanece lloviendo. Lo hizo toda la noche. Caliente, con los pies dentro de las pantuflas, miro la lluvia, el tapiz dorado del suelo, los árboles medio dormidos. Ambiente de cabaña de bosque. La puerta abierta, la música del riachuelo cercano el fondo de este concierto matinal, los altos risco, grises, tristes y cabizbajos bajo el peso de la lluvia. Mi cámara duerme inquieta en su cestillo de mimbre esperando como un perrillo de lana que la saque a pasear. Ella no entiende que en el momento que salga fuera terminaré empapado, le interesan las fotos, sólo sabe de las cosas bonitas y de los paisajes hermosos y de ahí su nerviosismo. Me lo está diciendo desde hace un rato, vamos tío, sácame de paseo que el bosque está precioso y hay que fotografiarlo. Y mi cámara, a la que he vestido lujosamente comprándole un objetivo nuevo el otro día en Gijón, asoma la cabeza por el cestillo y me mira asombrada de que no me ponga el chubasca, agarre el paraguas y me eche al bosque a darle de desayunar con esos pequeños rincones de delicados verdes de los troncos, con los saltos de agua, con el suntuoso tapiz de hojas que todo lo cubre. Paciencia, amiga, le susurro al oído, vamos a esperar a que escampe un poco, sólo eso. Y mientras tanto sigo con el oído y la vista este allegretto que suena más allá de nuestra choza con ruedas.

Y tras el chocolate con churros llega la hora de ponerse en marcha y fuera chirimirinea, pero ya nada más salir de la choza hay que pararse porque la cascada, los árboles verdes, la profundidad del riachuelo hinchado y saltarín requiere de nuestra atención y especialmente la de mi cámara. No se puede caminar en un paisaje como éste porque todo llama la atención e invita a pararse a mirar aquí y allá y un itinerario de cinco horas se hace de diez. Llueve a ratos, pero he conseguido apañar el paraguas para tener las manos libres y atender así a mi cámara fotográfica que, orgullosa con su nuevo objetivo Tamron 18-270 va de acá para allá, como una chica con su traje nuevo de domingo camino de la iglesia, tratando de recoger todo el juego que da el maridaje del arroyo, las hayas, los colores que como farolillos chinos cuelgan de las ramas, los verdes que trepan por los troncos y las concavidades de los taludes. 

Dos prominencia envueltas en la niebla se elevan al final del valle, una al norte y otra al sur, el Vizcares y el Maoño respectivamente. Según el mapa, para llegar a la segunda hay que subir por el cañón del Infierno, un valle lateral a la derecha. Es una posibilidad si el tiempo no se pone muy cabezón. Mientras tanto seguimos nuestro paseo por una estrecha pista, a veces con barro hasta lo tobillos. Las pequeñas cascadas y estrechamiento rocosos se suceden a cada momento; la niebla mientras tanto se pasea por las alturas, incluso por unos minutos sale el sol que ilumina repentinamente las hojas de las hayas y los robles que oscilan como los últimos de Filipinas en las ramas esperando que un golpe de viento las arranque de las ramas. 

Mientras recojo el trípode que me había ayudado a tomar una fotografía del oscuro ribazo del río en donde había descubierto que oscilaban algunas laminas de oro sobre el brazo desnudo de un haya, oigo contestar apesadumbrada a Víctoria a una pregunta que le había hecho mientras ajustaba una baja exposición en la cámara para recoger el movimiento de un salto de agua: “no, no se cuánto va a durar”. Hablábamos de un amigo común al que un cáncer le está haciendo de las suyas desde hace tiempo. Nos detenemos, hacemos una foto, caminamos un rato, volvemos a la conversación abandonada, nos paramos de nuevo ante una rama cubierta por barbas de viejo caída sobre una roca cubierta de mullidas algas. Pero el tema sigue ahí, tan real como la vida misma, el mismo cáncer que se llevó a mi madre y que penetra inesperadamente en cualquier hogar y lo llena de espanto y zozobra. Cuando surgen estos temas parece como si no cupiera otra cosa que encogerse de hombros y seguir adelante. Lo que hasta hace unos años era un absurdo, la muerte como algo incomprensible e inasumible, lentamente va adquiriendo en uno calidad de realidad cotidiana. Esa infinitud con que se nos aparece la vida cuando somos jóvenes, poco a poco, según vamos despidiendo a un amigo junto a los cipreses o nuestros padres no van diciendo adiós, haciendo crecer así día a día la densidad de nuestra soledad, y la evidencia de que la muerte se va aproximando, poco a poco se estrecha y, como esas hojas que bailan su último tango al ritmo de la brisa de la tarde, miramos las honduras del arroyo que tenemos debajo, las hojas amigas ya sobre la graba del camino. Miramos y las palabras no llegan a nuestra boca, porque no hay palabras posibles para el instante, para esa hora de la verdad que se cierne con mayor o menor constancia a nuestro alrededor. 

También en el bosque está omnipresente la muerte. Junto a la extrema belleza de esta naturaleza que reviste de musgoso verde los troncos y los roquedales y que siembra de esplendor los valles y los ribazos de los arroyos, hayas y robles centenarios yacen junto a sus semejantes en íntima fraternidad. Vida y muerte; nacer, crecer, multiplicarse, morir; el eterno retorno viene a estos bosques a explicarnos las cosas simples de la vida que tanto nos cuesta asumir. 

Trepamos monte arriba. Tropezamos con un cartel que decía: “Monte privado. Prohibido el paso”. Bendita propiedad privada que hasta el aire tratarán algún día de privatizar. Más adelante una cancela y un candado nos quisieron cerrar el paso. No fue necesario sacar la radial, saltamos por encima. Hoy no llevábamos caballo como en lo tiempos de recorrer España con Ramón y su rocín, en que algunas veces había que recurrir a los alicates y otras al serrucho para hacer frente a la cazurrería de los puntillosos “propietarios” (comillas porque habría que ver si es posible en una sociedad normal eso de que lo montes sean propiedad privada). 

Seguíamos un track, pero cuando trescientos metros más arriba, en la cota de los mil metros, echamos manos del gps descubrimos que el tal track era una fantasía de la imaginación de algún senderista. El track cortaba por unos paredones inaccesibles. De todos modos el bosque estaba bonito y cuando se abrió la vegetación las montañas en lo alto presentaban un aspecto pictórico y bonito. Nos dimos la vuelta a las dos de la tarde. El pico del Maoño puede esperar para otro otoño.



















Camino del mar. Somos lo que hemos vivido, lo que amamos.





Laredo, 30 de octubre de 2017 

Por los bosques de Valderejo y Bóveda amaneció tristemente lloviendo. El agua caía silenciosa y sin ruido como una nana que a la mañana invitara a seguir arrebujado y caliente bajo el saco de dormir. Delicada delicia la del agua escurriendo por los cristales, que yo adivinaba con los ojo cerrados ovillado todavía ya tarde porque la lluvia era la señal para no levantarse y dejar campar gozosa a la pereza hasta la hartura o hasta que el chocolate y los churros estuvieran dispuestos sobre mi mesa del desayuno o acaso hasta que entre las plumas de saco de dormir se hubiera extinguido  el eco de alguna dulce fantasía. 

Y despertar al fin y vestirse y adivinar el Alto de las Arrayuelas de Valderejo, allá en lo alto tras la Cortina de niebla y el bosque de las hayas adormecida de lluvia. El patio de nuestra choza verde mohíno y su sendero dorado con su alfombra de hojas secas. Y el menda en pantuflas de andar por casa bajo la lluvia, confundido todavía de choza y de lugar, respirando la mañana vasca, el color apagado del plumaje ya casi del mediodía. Hora que sé porque instantes después una foto que hice de la iglesia dejó impresa sobre el fondo de mi cámara el reloj del campanario.

Hoy no habría paseo. Cancelado por mal tiempo. Más adelante tendremos que instalar en nuestra chozacar una secadora. Eso le digo a la parienta, que caminar con la lluvia es bonito y gratificante pero que a ver cómo secamos después la ropa, hoy que si llovía nos habíamos prometido seguir una ruta alternativa, ruta gastronómica por las orillas del Cantábrico. 

Se lo decía hace un rato al amigo Jorge, que es de por este valle y tiene casa en Bóveda, que llovía, pero que todo el enterito valle estaba bonito a rabiar. Que conducir despacio por estas carreteras camino de Laredo, visto que la lluvia se había instalado en nuestro otoño, era un placer de mucho gusto. La niebla en los altos, los bosques radiantes, el suave runrún de la calefacción de la furgo, el calorcillo perezoso del cuerpo satisfecho. Diantres, sí, pero qué bonito estaba todo: la carretera y sus ondulaciones, los pueblos saliendo de la blancura cenicienta de la niebla, un campanario, un tractor arando una tierra oscura color chocolate.

Uno, mediatizado por lo primeros viajes al norte, cuando veníamos a Picos de Europa, un tiempo en que era obligado acercarse a Santander o a algún pueblito de la costa a comer sardinas asadas o cualquier tipo de pescaditos, sugirió que buscáramos una taberna de un puerto para tal menester, pero como había que matar cuatro o cinco pájaros más de un tiro al final elegimos el primer restaurante que tuvimos a tiro en la playa de Laredo. 

Tras la comida, y dado que la chozacar no tiene todavía lavadora :-), buscamos primero, una lavandería; después una óptica, porque mi chica esta mañana había salido a fumarse su acostumbrado cigarrillo matinal y sin comerlo ni beberlo había tropezado y se había ido al suelo de narices; ella no se hizo gran cosa, llenarse la cara de barro, pero sus gafas quedaron como un churro y mi chica sin gafas no ve un pimiento, así que derechito a la óptica; más tarde una peluquería para un servidor que después del rapado al dos que me hice yo mismo en el mes de junio para marcharme a los Alpes no había pisado una y ya no se me veían ni las pestañas con un flequillo a lo Puigdemont que parecía una Cortina sobre mi frente; y tercero o cuarto, no sé yo, localizar un butanero que nos abasteciera de gas.

Y cómo no, llegó incluso la hora de dar una vuelta por la playa. Mis recuerdos de último paseo por aquí, un paseo de unos ochocientos kilómetros, creo, por el Camino Norte de Santiago, eran unas dunas allá donde la playa (¿Cómo era aquello? “Allá, en las tierras altas,/ por donde traza el Duero/ su curva de ballesta”, Machado dixit) traza su curva de ballesta hacia la ría de Treto. Unas hileras de dunas que a la hora tardía en que llegamos ya fue imposible buscarles las cosquillas para sacarles alguna fotografía que mereciera la pena. Y como las dunas no, nos fuimos hacia el mar a ver si caían algunas gaviotas, el ribete de alguna ola, un barco en el horizonte, el color de algunas nubes pintando el cielo. 

A última hora encontré esta cita de Chateaubrian entre mis notas: «Cada hombre lleva en sí un mundo compuesto por todo aquello que ha visto y amado, adonde continuamente regresa, aun cuando recorra y parezca habitar un mundo extraño». Quizás venga a cuento. Años atrás hice a pie toda la costa del Cantábrico, incluida la gallega desde Vigo, y hoy me esforcé en resucitar alguno de sus tramos, incluido mi paso por Santoña y Laredo. Al decir de Chateaubrian, yo y todo lo que he caminado, visto y amado conmigo va, mi corazón los lleva; de ahí esa pequeña inquietud que me asaltaba hoy intentando rescatar de la memoria el desembarco al otro lado de la ría de Santoña, las dunas, cierto albergue de aspecto señorial. Yo regreso cuanto puedo allí donde fui feliz. Y creo que muchos de mis compañeros de montaña de mi generación hacen otro tanto a menudo cuando en las redes resucitan lugares, daguerrotipos, instantes que fueron la sal de la vida de su juventud y que por tanto lo llevan en sí, son parte ineludibles de nosotros mismos.

Antes de acostarme me fui a dar las buenas noches al mar. Al mar junto al que dormí tantos meses y que daba descanso a mi largas caminatas junto a sus orillas, el Atlántico, el Cantábrico, el Mediterráneo, el mar que vi y amé y al que esta noche oigo bramar en la oscuridad, al mar que como las tormentas es capaz de aquietar nuestros sentidos con el furor y la majestad de su música. Y no me resisto a terminar este post sin aquellos iluminados versos de Keats;


SOBRE EL MAR

Vosotros, que tenéis vuestros ojos cansados e irritados,
haced que se recreen ante la vasta inmensidad del mar.
Vosotros, que tenéis el oído anegado en roncos gritos,
cansados de las mismas melodías,
sentaos cerca de una de esas grutas del mar, y ensimismaos
hasta que os sobresalte algo así como un canto de sirenas.