La hora mágica: las cinco de la mañana


  


Grijó, 25 de febrero de 2018 
Etapa Pinheiro da Bemposta – Grijó 

Suena el despertador. Son las cinco de la mañana. El río suena tumultuoso más allá de la ventana. Enciendo la linterna. Me gusta este entorno. Las literas están hechas de palés pintados de blanco. Frente a mi cama un estilizado árbol acaso salido de una pintura de Rousseau extiende sus ramas a lo ancho de la pared. Frente a cada ventana hay una gran piedra de molino donde alguien ha pintado las palabras “love” y “peace”. El albergue molino respira el aire de tres o cuatro siglos atrás, si descontamos estas pinturas dadaistas con que han revestido las paredes y el techo del dormitorio.

A media mañana contesto unas líneas de mi amiga desconocida: “Hoy no encontré un café en donde desayunarme hasta hace diez minutos. El sol entra deliciosamente hasta mi mesa. Es la hora de quitarse los guantes, el abrigo, el gorro de lana y disfrutar de esa gracia particular del sol de invierno. También el momento de tomar alguna nota de este breve tramo del día, una noche durmiendo en un viejo molino, la compañía de unos alemanes construyendo un amoroso entorno propio de hippies, la salida en la noche de las cinco de la madrugada por una oscura senda a cuyo lado sonaban tronadoras las aguas de un río precipitándose por una cascada... Si siguiera estaría escribiendo mi crónica, así que a ella me remito al final del día”. 



No me está bien decirlo pero a este camino le sobra mucho asfalto, es excepcional encontrarse con algunas horas de senderos a través del campo o los bosques; la densidad de población es alta y queda poco espacio para los caminos que discurren generalmente por carreteras vecinales. El peregrino no es muy exigente, pero confiesa que hay otras muchas rutas para ir a Santiago que le satisfacen mucho más. Da siempre la sensación, cuando preguntas a alguien qué tal el Camino X, que tuviera la obligación de pintarte un paisaje mucho más poético de lo que el camino es en realidad, creo que he hecho uno diez Caminos de Santiago y, de valorarlos, pienso que pondría éste a la zaga de todos ellos. Aviso para caminantes, nada más, y sobre todo para mi querida amiga Manuela, de Mérida, que pretende hacerlo este verano. Pregunté en Madrid a un amigo de la montaña que lo había hecho y fueron tantas las excelencias que terminó por convencerme. En realidad lo que yo quería hacer era el camino por la costa desde Lisboa… pero la carencia de albergues me echó para atrás.

Ahora el mar tira de mí con tanta fuerza que definitivamente, después de estudiar el tramo Oporto – Santiago junto al mar, he decido abandonar este camino Portugués a partir de Oporto para probar el Camino de la Costa, que aparece con menos avituallamiento pero más prometedor por su paisaje y el entorno marino.

Mientras escribo me llega un comentario, al último post, de José Antonio, el amigo Cive, que se interesa en italiano por el destino de la donna toscana y me desea que me haya llamado después de la nota que le dejé en el camino. Y tengo que contestarle apesadumbrado: Caro, la mia amica è scomparsa. Sí, desaparecida y de verdad que lo siento, no es fácil encontrar gente interesante y está mujer de verdad que lo era.


Junto a mí un hombre joven rellena una quiniela con la seriedad de quien le va la vida en ello. Encuentro a encuentro va consultando en el teléfono sus anotaciones. Quizás una buena combinación le haga millonario. Enfrente, en el sol de la plaza, dos niños pequeños se desplazan con su patinete. Un perro abandonado me miraba indiferente esta mañana tumbado sobre la hierba de un parque poco antes de que amaneciera. Atravieso dos ciudades esta mañana que para mí son solo un nombre en el mapa. En la segunda los feligreses acuden a misa. El aparcamiento junto a la iglesia es sólo para los fieles que acuden a los actos religiosos. Exactamente igual que en los centros comerciales sólo que aquí se trata de un negocio relacionado con el alma que, aunque por sí misma no debería necesitar aparcamiento alguno, al requerir el apoyo del cuerpo para sustanciarse debe regirse por las normas de tráfico del ayuntamiento. Más allá, un hombre, más interesado por una reluciente moto de un escaparate que por su alma, dedica la hora de la misa a examinar minuciosamente una despampanante Harley Davinson de brillantes cromados.

Después del mediodía de pronto se hace verano, es tiempo de caminar en manga corta. También el de la lectura. Y enseguida me viene una sonrisa al rostro viendo los apuros de Ricardo Reis, el de Saramago, que en un arranque de ternura ha tomado por el brazo a la mucama que le atiende en el hotel, lo que llena de mala conciencia todos sus pensamientos de la tarde al punto de que cree que todo el mundo en el hotel lo mira con recriminación. Aquella noche, sin embargo, deja la puerta de su habitación abierta; que la mano de la doncella abrirá tímidamente pasada la medianoche.

Un perro abandonado que me mira indiferente sentado junto al camino , un gato sobre una valla tomando el sol, me recuerdan a una niña que encontré una mañana acuclillada entre unos arrozales al norte de Filipinas. Tenía la cara de abandono del perro, la mirada perdida, apenas reaccionó cuando le saqué algunas fotografías con el zoom. Me dejó una delgada tristeza por dentro.


Hoy había pensado continuar con la película que vi ayer, pero me temo que he chocado con un encargado de albergue tozudo y con pocas ganas de mover el culo de su casa para traerme la llave. Son las siete de la tarde y aquí estoy sentado en las afueras de Grijó como quien espera a Godó. Y no hay otro hotel o pensión que esto. Lo mismo me toca quedarme aquí sentado toda la noche esperando a que aparezca el hospitalero. Bueno, el caso es que yo quería terminar con la peli que empecé ayer, Juventud en marcha, de Pedro Costa. Mi chica, la hortelana, Victoria, que además de ser amante de los gatos le encanta el buen cine, me ha mandado esta película; extraño film de momento que me recuerda al búlgaro Bela Tarr por los largos espacios de silencio y sus extensas secuencias con cámara fija. Había desechado la idea de ver cine durante el Camino, pero puede ser un buen broche de final de jornada. Cenado, tumbado en la cama, caliente entre las cobijas, dejarse llevar por el ritmo de una buena película ha sido algo que no he practicado apenas, pero este año, metido en el libro de Román Gubern, Historia del cine, que cada noche me sugiere una película nueva con la que finalizar el día, eso si no lo hace por sí misma mi chica, quizás me llegue a aficionar. 

Por fin apareció el guardés. Cené en una cafetería del pueblo y me volví enseguida al albergue. Mi sesión de cine me esperaba.

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¡Aniki-Bóbó!





Molino Hostal Moinho García, Pinheiro da Bemposta, 24 de febrero de 2018
Etapa Agueda - Pinheiro da Bemposta

Quila quilete
estaba la reina en su gabinete
vino Gil apagó el candil
candil candilón
cuenta las veinte
que las veinte son,
justicia y ladrón.

Que de qué parte de mi memoria surja esta cantinela de la temprana infancia es imposible saberlo. Al grito de guerra de ¡Aniki-Bóbó! los niños de la película de Manoel de Oliveira rememoran los juegos de la infancia de policías y ladrones. Tendría que haber recurrido aquí a la buena memoria de mi amigo José Luís Moreno que desde Bilbao me recordara aquella retahíla de palabras con que nosotros, al modo de los personajes de Oliveira, sorteábamos a quienes de la pandilla les correspondía jugar de policía y a quienes de ladrón, pero no fue necesario, mi memoria de golpe encontró los versos de la cantinela. Los juegos de la infancia constituyen una de las mejores cosas que la memoria de todo adulto guarda dentro de sí con cariño. El neorrealismo, tanto italiano como portugués rescata muchas horas de esa infancia nuestra, sus entornos, sus habilidades, sus juegos, las inquietudes que teníamos los niños de los años cincuenta. Ver anoche el film de Oliveira, amén de contemplar una muy buena y sensible película supone recuperar esas partes de la infancia que Delibes, Ana María Matute o Arturo Barea rescatan desde el campo de la literatura para todos nosotros. Recuperar la infancia y volver a la edad de la inocencia parece el objetivo de este director portugués acaso demasiado poco valorado en relación a De Sica, Giuseppe De Santis o el primer Visconti con su Bellissima o La terra trema. 


La deliciosa película de ayer, ¡Aniki-Bóbó!, de Oliveira, con un preciosista blanco y negro, la copia era excepcionalmente buena, era un homenaje a la infancia y a esos primeros sentimientos que por el hecho de ser humanos tenemos la gracia de experimentar. El mundo adulto en gestación, un primer amor, el valor de la amistad, el sufrimiento del rechazo de lo otros. Y la música a lo largo de toda la película, subrayando, llenando de poesía los versos de un film que merecería estar en un puesto muy relevante del neorrealismo de la época.


Hoy me escribió mi amiga desconocida que, a lo que veo, comparte conmigo “una enorme simpatía” por el autor de La casa verde, que tanto gusto leí el pasado año haciendo, eso sí, de tripas corazón. Mis amores por este señor, Cela o el creído Javier Marías, que no su padre, me han planteado frecuentemente dudas (de no leerlo, claro) que en el caso de Vargas Llosa, pese al repelús que me da su persona, no logré vencer. También días atrás me daba repelús Pessoa y esta mañana, al fin, entre su desprecio por el mundo surgieron exóticas flores en los baldíos campos de la soledad y el tedio. La prosa de Pessoa esta mañana era como un hermoso y gélido paisaje invernal en donde la desolación constituía un bello poema aunque caminara envuelto en la peor tristeza de la vida. La lucidez de Pessoa era capaz de sacar un magnífico brillo a unos zapatos totalmente llenos de barro. “En el fondo, ningún otro placer que el análisis del dolor, ni otra voluptuosidad, que la del culebrear líquido y doliente de las sensaciones cuando se desmenuzan y se descomponen —leves pasos en la sombra incierta, suaves al oído, y nosotros ni nos volvemos para saber de quién son, vagos cantos lejanos, cuyas palabras no tratamos de captar, pero donde nos arrulla más lo indeciso de lo que dirán y la incertidumbre del lugar de donde vienen; tenues secretos de aguas pálidas, que llenan de lejanías leves los espacios (…) y nocturnos; campanillas de carros lejanos ¿regresando a dónde?" Ah, magnífico Pessoa, rallador de gemas, urdidor de sensaciones…. Y aún cita a Condillac que comienza su libro célebre: "«Por más alto que subamos y más bajo que bajemos, nunca salimos de nuestras sensaciones». Nunca".

Decía que mi amiga desconocida respondió a mi exordio sobre el deseo de mujer que asalta a veces en el camino al peregrino: “Y… sí, no lo dudes, las mujeres también tenemos hormonas. Imaginamos, soñamos, se nos eriza la piel y el pensamiento y a veces escribimos y sobre todo callamos”. A lo que yo contestaba: “Yo creia… Bueno, mejor dejemos la fiesta en paz, que con lo soliviantado que está el mundo femenino en estos últimos tiempos, no digo yo que sin razón, las cosas de éste hay que cogerlas con la punta de las pinzas porque a poco que te descuides a la vuelta de la esquina te puedes encontrar una feminista que te arree un mordisco en el sitio que más duele. Y es que al peregrino, que tiene ya unos cuantos años, pero que vive aún la tentación de enamorarse de cada moza con la que se tropieza en el camino, se le hacen los ojos chiribitas viendo las cosas, con perdón, bonitas que pasean por el mundo”. Hoy sin ir más lejos recordando a la peregrina italiana que se ha perdido en la bruma del camino ya que ayer no apareció por albergue, andaba como loquito pensando cómo recuperar la compañía de la amiga extraviada a las pocas horas de encontrarla; sin señas, sin teléfono, sin saber su nombre, así que se me ocurrió redactarle una nota, la pinché en un palo y la dejé oscilando sobre el camino como se tira al mar un mensaje dentro se una botella para probar la suerte de que lo leyera: call me back! , chiama me!, decía mi mensaje.


Que lo que escribo sea hacer o no literatura que lo decida el lector, que al peregrino escribidor lo que le cabe es divertirse sea con la escritura o con lo que se tercie en su camino. Que ya se sabe que no siempre dos más dos son cuatro.
(… y que haya que explicar estas cosas…). Y no lo digo en balde que hace un par de días un peregrino o peregrina, alertado por la cosa extraña de que yo pudiera hacer el Camino de Invierno y el de Madrid en el sentido contrario al común de lo mortales, muy serio me decía que eso iba en contra del espíritu peregrino, amén de lo difícil que me sería seguir las señales al revés, cosas éstas que al peregrino le hacen gracia porque al peregrino ni le va ni le viene llegar a Santiago, que lo que él pretende es vivir y empaparse de las cosas del camino, coleccionar sensaciones y beberse a grandes sorbos jarras grandes como de cerveza de este hermoso mundo en el que vivimos. Que algunos crean en milagros y en ganarse algunas prebendas para dejar de purgar algunos añitos de Purgatorio en la otra vida, es asunto que no incumbe al peregrino que piensa que el mejor objetivo en la vida es tratar de hacer la puñeta lo menos posible a sus contemporáneos y encontrar el camino del bienestar lo mejor que pueda, cosa que muchos consiguen dándose a los demás y otros pisando la tierra de los caminos.

Y más tarde oigo a Saramago en La muerte de Ricardo Reis citar a Chateaubriand y siento la punzada de un deseo, acaso marcharme a caminar por Francia a dar continuidad a la lecturas de sus Memorias de ultratumba, que una vez comencé y que dejé sin terminar. Y sí, soy consciente de que mi peregrinaje es más peregrinar por lo libros y por el alma de sus autores que el recorrido físico de un itinerario, y si pienso en Francia lo que me viene a la cabeza son los libros de Chateaubriand, Balzac, Stendhal o Flaubert. Realmente yo no peregrino por el camino portugués, yo peregrino por las páginas de Pessoa, por la filmografía de Oliveira, por Saramago, por el mundo de Eca de Queiroz.


Hoy fui de tasca en tasca, leyendo, escribiendo, tomándome un café aquí, una cerveza allí y unas judías pintas ya en Albergaria-a-Nova. Y aún así cubrí una distancia de veintitrés kilómetros por bosques de eucaliptos y caminos vecinales. No obstante todavía me quedan seis kilómetros por delante, espero pasar la noche en un hotel cercano a Pinheiro da Bemposta.



Creí que ya había terminado mi jornada de hoy, pero no, todavía me quedaba una pequeña aventura que cumplir. En Albergaria-a-Nova llamo por teléfono a un hostal de Pinheiro da Bemposta, a seis kilómetros y hago una reserva. Cerca de Pinheiro el Google me dirige hacia una colina cercana a la derecha. Sudo tinta. La cuesta me pilla a traición. Cuando llego a la cima nadie conoce ese hotel. Vuelvo a llamar, debe de haber un error, no sé dónde estoy. Un vecino toma el teléfono. Se entera de que efectivamente el hotel está muy distante de allí, a cinco o seis kilómetros. No tengo cobertura para localizar la nueva dirección. Bajo por la carretera con la esperanza de que en algún momento la haya. En el pueblo pregunto al conductor de una furgoneta, no sabe, pregunta a un vecino. Al final me ofrece llevarme en el coche. Salimos del pueblo, tomamos un camino vecinal, desaparecen las casas y al final una estrecha pista forestal se hunde en un profundo valle. Encontramos una indicación, Hostel Moinho García y más abajo la inclinación es tanta que decido seguir a pie. Me despido del conductor lleno de agradecimiento. Veo una casa pequeña junto a un río. Hay una campanilla en la puerta. Al rato sube alguien: por fin. Es un alemán de cuerpo enorme y de mirada apacible. Sí, hay algún error en el Google Maps. Estaba fastidiado porque todo esto me queda lejos del camino, pero cuando más abajo contemplo el lugar me alegro. Es un sitio encantador. La casa es un viejo molino de agua; un estanque, una pequeña cascada, no podía haber encontrado un lugar más acogedor. Lo llevan un grupo de alemanes y por todos los lados hay signos de esos que va dejando la gente sencilla que vive una realidad muy diferente a la del resto del mundo. Tiene todo el aspecto monacal y austero de una vida sencilla.

Este es el encantador entorno del albergue Hostel Moinho Garcia


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¡Mamá, teta!





Sernadelo, 22 de febrero de 2018 
Etapa Sernadelo – Águeda.

Me despierto de la siesta pero no abro los ojos. Salgo poco a poco del embotamiento como quien se mueve a tientas en el interior de una cueva. Mis músculos son las paredes de la cueva, el suelo; los toco con las yemas de mis dedos, están tensos, llenos por el esfuerzo de los días consecutivos de camino; cada poro de mi piel es un sensor abierto al exterior. Los ruidos de la calle llegan a mí amortiguados por una dulce modorra llena de bienestar. Creo que no es cansancio exactamente lo que siento, es un aroma, últimamente casi todo es aroma, sensaciones inaprensibles que nacen de mí con la calidad sutil de lo que te envuelve cuando te sumerges en la calidez del agua de una bañera después de haber vagado largamente por el frío.

Mis pies, lejos, al fondo de mí como quien toca en la oscuridad algo todavía indefinido pero parte lejana de mi yo, simplemente los siento, están ahí. Mis pantorrillas también están ahí, mis tobillos, los huesos que desde mi cabeza hasta la punta de los dedos tienen la consistencia inaprensible de una presencia sugerida, todo vive en una oscuridad sin concesiones que yo miro desde la noche de mis párpados cerrados.

¡Qué puedo hacer sino contemplar mi universo al final de mi jornada de peregrinaje? Sugerencias las tengo a montones, incluida la posibilidad en esta larga tarde de ver una película de Oliveira, pero es tan dulce este no hacer nada surcado por la oscuridad del final del día que me substraigo a la idea de moverme, me aquieto estirado sobre la cama destilando mis sensaciones en el alambique de esta hora en que me autovivo, autofagia, contemplación, el placer existir.



Águeda, 23 de febrero de 2018

En el bar de Avelas de Caminho, donde paro a desayunar, me busco un rincón por el que entra de plano el sol de la mañana. El gusto del sol que arrulla así mi bienestar tras la primera parte de mi caminata de hoy, doce kilómetros, la mitad de mi recorrido ya. En la televisión los alumnos de un instituto combaten el frío abrigándose con mantas dentro de aula. Y es verdad que el frío arrecia por estos pagos. Salgo bien del albergue pero cuando comienza a amanecer el frío me agarra como una mordaza y aunque camino con las manos en los bolsillos debo vestir los guantes de lana y calarme el gorro hasta las cejas.

Esta mañana, todavía oscuro pero con una muy leve línea de luz sobre levante, el peregrino sufre un mal que afecta a la mayoría de los hombres, no sé si tanto a la mujeres, el problema de que cada vez que se cruza con una fémina le asalte el deseo de acostarse con ella, de acurrucarse entre sus brazos y empezar a contar corderitos en el puro gusto de las caricias. No tanto de aquello de ¡mamá, teta!, pero casi. Y problema es, que uno no tiene la culpa de estas cosas, ya que si tuviera que ponerme de hinojos en el confesionario sólo podría confesar lo que es hijo de mi propia naturaleza, que a fin de cuentas aunque uno es timidísimo tiene la conciencia de que las hormonas le funcionan con toda normalidad. Problema porque al peregrino le nace cierto complejo de anormalidad, que no de culpabilidad, cuando esto sucede si se encuentra, como fue el caso ayer tarde, en amigable charla con una peregrina que aterrizó a última hora por el albergue.

Lidia, todavía no sé su nombre, que olvidé preguntar en una animada charla que nos llevó un par de horas hasta más allá de los postres y el café, así que llamémosla provisionalmente así, viene de Florencia, la espléndida ciudad toscana que yo siempre recuerdo bajo una tenue niebla con sus alargados cipreses trepando por las colinas hacia una casa solariega o una ermita. Lidia es caminante solitaria, amante como yo de las montañas y dedica su jornada laboral a armonizar el cuerpo y la mente de sus clientes, la mayoría mujeres, con técnicas de muy distinta procedencia entre las que se encuentra el reiki. Hablamos de Castaneda y su libros, del brujo Don Juan y ese esoterismo por el que yo me muevo siempre con cierto escepticismo aunque seguro de su eficacia, de los aborígenes australianos, de Chadwin y su libro Los trazos de una canción. Le confieso que estoy enfadado con el amigo Pessoa y ella se ríe de buena gana. En fin, que se nos hizo tarde y yo tuve que salir corriendo para meterme en la cama.


A los pies de la colina por la que descendía hace un rato, un leve manto de niebla cubría el valle. La vegetación estaba cubierta por una gruesa capa de rocío. Hoy era más invierno que otras veces.

Ayer el autor de Andar, una filosofía, hablando de Thoreau y sus largos paseos significaba el hecho de que éste lo hiciera con las manos en lo bolsillos, anexando el hecho a la idea de un caminar despreocupado y casi sin rumbo. Quien camina con las manos en los bolsillos siempre parece no tener prisa, algo así como si su caminar fuera darse una vuelta por el mundo sin rumbo fijo. Algo así sentía yo. A la temperatura de esta mañana le viene bien citar a Thoreau en su Un paseo de invierno: “En la naturaleza hay un fuego subterráneo y adormilado que nunca desaparece, y que ningún frío puede congelar. Este fuego subterráneo tiene su altar en el pecho de cada hombre; pues en el día más frío y en la colina más inclemente el viajero abriga entre los pliegues de su capa un fuego más tibio que el que arde en ningún hogar. Un hombre sano, en realidad, es el complemento de las estaciones, y, en invierno, lleva el verano en su corazón”.

Sí, no puedo como cada mañana dejar a un lado mi lectura de Pessoa en El libro del desasosiego, sólo que hoy el autor aparece más, si cabe, pesimista que en otras ocasiones. Leyéndolo tengo la sensación de que una parte considerable de su discurso consiste en hacer de sí un retrato lo más desagradable posible vistiéndose de permanente angustia, tedio, desprecio por el dolor de los otros. Es paradójico que Pessoa exhiba desde su condición de fracasado, que el aventa a cada instante, un espíritu pedagógico tan incisivo, que intente convencernos a cada momento de unas nefastas verdades en las que yo pienso que ni él mismo cree y que le sirven para hacer una literatura con una visión catastrofista sobre él mismo y sobre el resto de la humanidad.

De todos modos, pese a Pessoa y al frío que hace, las mimosas lucen bellas y espléndidas esta mañana a los lados del camino. La generosidad de los naranjos, tan pródigos, deja caer los frutos de sus ramas hasta formar un alfombra naranja a su alrededor. Es hora de continuar mi camino. Peregrino feliz hoy al que ni siquiera la espalda le duele.


El caminante atraviesa las pequeñas aldeas de Alpalao, Curia, Anadia, Arcos, Avelas do Caminho, Sao Joao da Azhena mirando acá y allá a veces, otras pendiente de sus lecturas. Es un paseo sin pretensiones, el sol rozando su epidermis, el calor de invierno entrando como riacho derramado por su cuerpo bañándole de esta paz de invierno suspensa en el aire como una caricia.

Y en estas me llega un whatsapp de mi amigo Jorge que ante mi observación de los nulos enamoramientos de Pessoa en vida hace referencia a su único romance conocido referido a Ofelia Quiróz. No sé si mi amigo se refiere a la poesía o a un romance real como lo entendemos nosotros, cosa que no me imagino en este hombre nacido para las florituras literarias y para dejarse los ojos en un libro de contabilidad, pero totalmente nulo para las cosas del amor. La verdad es que un vestigio de sonrisa acude a mis labios, vestigio casi como un hilo de compasión,  cuando pienso en este hombre que con su sola escritura puede convertir a Portugal en un baluarte de la literatura universal.

Por sí tuviera poco Pessoa desde que salí de Lisboa, hoy mismo comienzo una novela de Saramago que lleva el título de uno de los principales heterónimos del autor lusitano: El año de la muerte de Ricardo Reis.


Me he parado a comer en una terraza a la entrada de Agueda con la esperanza de ver pasar a Lidia, la peregrina de la Toscana que apareció ayer tarde por el Albergue. La esperanza de que dos solitarios compartan un rato de conversación era tentadora. Ayer no intercambiamos el lugar donde pernoctaríamos hoy y la verdad es que sentiría perderla de vista después de la grata velada de anoche. No apareció. Mi tarde transcurre en una habitación llena de luz en donde el sol llega hasta mi cama. Ducha, colada, tarde de descanso y algo más después la cena traída de un restaurante cercano. Mi camino ya se humaniza, como se ve.

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La peregrinatio perpetua





Mealhada, 22 de febrero de 2018 
Etapa Coimbra – Mealhada

Las luces del alumbrado público tintineaban en las aguas del río Mondego formando un tendido de alargadas banderas de oración tibetanas que, reflejadas en la oscura superficie del agua al empuje de una ligera brisa, convertían el río en un espectáculo para los adormilados ojos del peregrino. Media hora antes las campanas de una iglesia habían dejado en el aire el eco de su bronce anunciando las cinco de la mañana.

A la sonoridad noble de las campanas había seguido la breve luminotecnia del río, algunos paseantes sacando a sus perritos de lana a cumplir sus funciones fisiológicas, el ruido breve de algún automóvil. Más tarde el camino se sumió en la oscuridad, sólo quedaron las constelaciones, Casiopea al frente sobre el sendero, la Osa Mayor sobre mi cabeza a la izquierda, la Estrella Polar, marcando la dirección de mi destino.


Uno quisiera sentirse en la piel de un peregrino de otro tiempo, metido en sus harapos, recorriendo los caminos con su bastón de fresno y su calabaza para el agua, el cuerpo inclinado contra el viento, la sombra de mi figura como en una de esas secuencias de Bergman en El séptimo sello erguida sobre el horizonte, negra, mañana a mañana atravesando la pantalla de mi imaginación como aquellos carromatos de Días de circo, camino siempre de un pueblo gris donde conseguir una taza de café caliente. Y arrostrar la lluvia y el cansancio con la indiferencia de quien desprecia el paso del tiempo o la intemperancia de la meteorología. Hombre sin patria ni destino, acaso para sentarse de vez en cuando frente a la muerte a proseguir esa partida de ajedrez que inevitablemente todos perderemos algún día. Paisaje, sí, para un film de Tarkovsky o Bergman, maestro de obras errante vagando por la Edad Media para construir aquí una ermita, allí una iglesia, en otro lugar atender la forja de una campana. Andréi Rubliov, naturalmente, la majestad indiscutible del cine ruso y su gran maestro. A esto le llamaba Tarkovsky «Esculpir en el tiempo», esa característica posible del cine: la capacidad de fijar el tiempo. A partir de esta idea, esculpir un bloque de tiempo para dejar al descubierto esa imagen cinematográfica que está mañana me ayuda a percibir la figura de un peregrino medieval que atraviesa errático las tierras de Rusia. La fuerza con que el cine fija en nosotros esos trozos de escultura del tiempo tiene en mí esta mañana la fuerza de una ensoñación deseada. Las sensaciones, insatisfechas por la roma realidad de una hora de camino por la tierra lusa buscan su yantar en el metraje del celuloide, en arcanos libros que narran el vagabundaje.

La peregrinatio perpetua a que someto a mi cuerpo gran parte del año me obliga a profundizar muchas veces en la razón de ser de este vagabundaje que, como hoy, cuando se convierte en simple caminata en el frío soleado de la mañana, reclama su estatus de aroma del tiempo para en vez de leer la jornada en la neta prosa de una crónica de periódico, poder alumbrarla con la poesía de la vieja pátina que la ennoblezca, y saque del baúl de otros siglos ese aspecto romántico con que nos solemos acercar al polvoriento libro de las historias medievales, cuando los peregrinos siguiendo la Vía Láctea o buscando la ruta de La Meca se echaban al camino haciendo de éste un modo de vida.


Todavía es de noche cuando saco un libro de mi faldriquera digital. Andar, una filosofía, de Frédéric Gros. El autor va de acá para ella por esa curiosa filosofía que tantos practicamos y que se llama caminar. Y en ese andar sin rumbo fijo, se busca eximios compañeros de viaje como Nietzsche, Rimbaud, Rousseau y, a última hora Thoreau de los que glosa su común afición a caminar. De Rousseau cita: “Nunca pensé tanto, ni existí tanto, ni viví tanto ni fui tanto yo mismo, si es que puedo hablar así, como en los viajes que hice solo y a pie. Disponiendo como dueño de la naturaleza entera; vagando de objeto en objeto mi corazón se une, se identifica con quienes lo halagan, se rodea de imágenes encantadoras y se embriaga de sentimientos deliciosos”. Pero al caminante Rousseau, como le sucediera en alguna ocasión a este peregrino, a veces se le aparece un ángel en el camino en forma de mujer y así, siendo joven, hace largas jornadas de camino para visitar a una supuesta aya. Más, ay, cuando la ve… “Tiene veintiocho años (una mirada muy dulce, una boca angelical, era imposible tener unos brazos más hermosos)”. Se trata de Madame de Warens. “La aparición le deja sobrecogido de amor y de deseo. Acaba de conocer el amor: un ángel de generosidad y de dulzura, solícita, deseable”. Sin embargo, apenas encontrada ha de abandonarla de inmediato. A partir de ese momento su dulce Madame de Warens será la portada del Obradoiro de todos sus caminos. Sus horas de caminante se convierten minuto a minuto en sueño de enamorado. Y un servidor, que al principio de esta crónica hubiera querido ser peregrino medieval, a estas alturas estaría dispuesto a cambiar de saya y vestirse de andarín enamorado. Una cosa altamente peligrosa que da muchos quebraderos de cabeza pero que, llegado el caso, es tan dulce, tan apetecible... Loquito como en otro tiempo vagando por los caminos pensando y gozando a cada momento del céfiro del recuerdo de la amada, soñando con su cuerpo de melocotón. Que Goethe escribiera su mejor poema cuando tenía más de setenta años, aquel llamado Elegía de Marienbad, un enamoramiento tan tardío, da cuenta de que nunca es tarde para estas cosas.


La mañana, pese a un cielo sin nubes, es intensamente fría. Atravieso un bosque de eucaliptos con apenas una breve pelambrera en lo alto. Se mueven solemnemente. Sus troncos crujen como el costillaje de un barco vapuleado por el oleaje. Y escribiendo esto caigo en que sin haberme dado cuenta echo de menos el mar. Consideré en casa la posibilidad de hacer el Camino por la costa desde Lisboa, ah, el mar, pero me rendí a la evidencia de la carencia de albergues; tampoco encontré una guía que me orientara aunque sí tenía el track completo. Creo que cuando llegue a Porto voy a probar suerte a ver si encuentro mi forma de continuar junto al mar.

Creo que mi cuerpo y mi espíritu ya caminan en sintonía. Cumplido el periodo de entrenamiento, más de una semana, que ha sustituido mi falta de preparación física por un sufrimiento desacostumbrado, hoy, por fin, observo en mis piernas la ligereza de quien puede caminar muchas leguas sin cansarse. Sólo un débil dolor de espalda me acompaña, que acaso echa de menos los ejercicios de rehabilitación para los que hasta ahora no he encontrado momento. Una serie de pequeños pueblos en donde hice un par de paradas para tomarme un refrigerio han terminado por dejarme en Mealhada, donde paro a comer. Sólo me queda kilómetro y medio para mi destino, Sernadelo.


Mi Camino de Santiago. Se puede adquirir el libro aquí


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Una pausa en el camino: Coimbra


 

Coimbra, 21 de febrero de 2018 
Etapa: Cernache – Coimbra

Esta mañana un rato de sol entraba por mi ventana cuando me desperté. Me pareció estar en un mundo diferente al de estos días pasados. El  día se había tragado mi noche, el canto de los pájaros en los árboles, el susurro del viento entre la oscuridad de los cañaverales. Vamos, que no era mi mañana y que me sentía raro bajo las mantas haciendo pereza y viendo la línea del sol bajar lentamente por el enjalbegado de la pared de enfrente. Yo en la cama como un enfermo disculpado de ir al trabajo que no acierta muy bien a saber en qué empleará este día de asueto.

Me duché y me cambié de ropa. Coimbra me quedaba a menos de tres horas de camino y esperaba encontrar una lavandería. Quizás tuviera tiempo para hacer un poco turismo. Un agradable sol de invierno baña las calles de Cernache. Desde ayer leo de manera diferente a Pessoa. La saña y el desprecio, llamándoles incluso basura, que expresaba en un párrafo contra unos obreros en huelga que se manifestaban en las calles de Lisboa, me autorizaban ayer a tratar a la eminencia literaria de este país de cretino. Lamentablemente ya me veía a Pessoa del brazo de ese otro buen escritor que es Vargas Llosa, ambos compartiendo la misma miseria moral de aquellos que observan los problemas sociales y laborales, y a aquellos que lo sufren, con el desprecio aristocrático del engreimiento de su verbo. Vargas Llosa haciendo causa común en sus artículos con la derecha más rancia del país fustigando con su escritura cualquier asomo de política social que pueda salir del seno de la izquierda, Pessoa, solitario, hostil, encerrado en su caja de cristal, como San Jorge luchando con los dragones arreando mamporros aquí y allá contra manifestantes y obreros. Si bien el peso de la amargura de este último, vida solitaria y huérfana, de madre cuando tenía un año y de padre que no se ocupaba de él, a los siete, hombre sin otra vida que su ir de casa al trabajo, podría exonerarle algo de la fuerza de su bilis, no lo hace sin embargo para el escritor peruano convertido, después de su paso por las altas esferas de la política del PP a última hora, en un petimetre objeto del interés de las revistas del corazón.

Al yo yo, siempre yo de Pessoa, pese a su desprecio por los demás al menos le es capaz de saltársele las lágrimas cuando el recadero de la empresa busca trabajo en otro lado. Leer a Pessoa hoy es un acto de compasión, le oigo justificar su impotencia, el rechazo de los otros con la altanería de la zorra de la fábula de Esopo, que no pudiendo alcanzar las uvas de puro altas para ella, se marcha murmurando el las uvas están verdes. Las carencias de afecto de Pessoa, su introspección, su timidez le enclaustran en las cuatro paredes de la escritura y es desde ahí desde donde su dolor se manifiesta intentando decir del mundo, del amor, de tantas cosas sólo lo que para él es una espada clavada en su pecho. Pessoa me recuerda muchas veces a esos sacerdotes que en confesión aconsejan a personas casadas o a adolescentes sobre temas de sexo. Todo un desvarío.

El respeto por la letra impresa y por lo autores que la generalidad considera nos traiciona, nos hace creer en verdades que, por su autoridad aceptada, tiene cierta capacidad de imponernos; eso hasta el momento en que tras leer una barbaridad despertamos y caemos en que al individuo que escribe no se le debe conceder confianza más allá de lo que su cordura aconseja. Y sin embargo esas cosas bonitas que escribe: “Juego con mis sensaciones como una princesa llena de tedio con sus grandes gatos prontos y crueles…”

Y me da pena de Pessoa porque creo que si a él hubiera llegado el flechazo de Cupido, ah, que otro gallo le hubiera cantado. Y pienso en Machado que confiesa en una carta a Juan Ramón Jiménez que estuvo a punto de matarse de un tiro tras la muerte de su joven esposa de catorce años.. Ya lo escribió una vez Bucay, si estas jodido búscate un amante y verás como todos tus males se te pasan.


Mientras la máquina de la lavandería hace su trabajo, como en un restaurante de las afueras de Coimbra. Una sopa de verduras, un gran y riquísimo entrecot con arroz, un platillo de aceitunas, una ensalada, medio litro de cerveza y un café. Todo por ocho euros. Con toda mi ropa limpia y seca bajo hasta el río Mondego. La ciudad tiene un aspecto magnífico desde el puente de piedra. Un concurrido turismo ocupa las calles peatonales. Mi hotel está junto al río.


He mirado en la Lonely Planet y sólo voy a acercarme a ver el Mosteiro de Santa Cruz. Esta aquí al lado. Un jeroglífico de estrechas calles peatonales se cruzan y enredan en el centro de la ciudad. La plaza frente a la iglesia está concurrida y llena de sol. En el templo algunos devotos rezan de hinojos con la cabeza gacha. Tres señoras mayores de negro esperan su turno frente al confesionario. Me come la curiosidad pensando qué clase de pecados pueden confesar estas mujeres de aspecto tan triste y compungido. ¡Qué espectáculo ofrecen todavía alguno de esos mohosos rincones de la vieja religión de esta Iberia que los prelados medievales poblaron de superchería!


La exhibición del sufrimiento y el dolor aprovecha los espacios entre los sillares para colocar aquí un Cristo con aspecto lelo al que se le salen los ojos por las órbitas, allí una virgen o un santo también de mirada extraviada. En lo alto las nervaduras del crucero son un bello motivo de austeridad que contrasta con el afán de suntuosidad y la profusión decorativa del frente de la iglesia. Me pregunto qué ha pretendido vender siempre la Iglesia Católica con ese desgarramiento de brazos del Cristo, la sangre, la angustia de las vírgenes, el valle de lágrimas permanente de la vida, como si la vida no tuviera en sí suficiente dolor por sí misma. De todos modos bienvenida toda esta parafernalia del sufrimiento por todas las grandes obras de arte que nos han dejado.


En el claustro del monasterio me llama especialmente la atención una gárgola muy particular. Todas tienen la forma de boca de cañón excepto ésta, que nada más verla me sugiere la idea de un parto, después la de una bestia sacada de la pintura negra de Goya y, más tarde, vista desde el primer piso, un extraño ser acosado por el espantoso dolor de un estreñimiento sin fin. Le mandé una copia a Quique, el chico de mi hija, que es aficionado a estas cosas para que me ilustrara sobre su posible significado. Afirma Quique que la imagen da objetividad a su nombre: vomitadera. No me queda claro si acaso vomitadera fue usado como sinónimo de gárgola en algún momento. Continúa Quique: Se le atraganta el pecado de la lujuria y lo vomita; y añade que en el románico palentino sí que aparecen estas imágenes de lujuriosos desnudos y padeciendo dolores de genitales.

Indagué de los responsables del monasterio sobre esta gárgola, pero no parecían tener siquiera idea de la existencia de esta curiosidad escultórica.

Da gusto encontrar tiempo en el camino para darse una vuelta por los rastros del pasado.

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La noche del loro





Cernache, 20 de febrero de 2018 
Etapa Alvorge – Cernache
  
Las cuatro y cuarto de la madrugada. Era inútil intentar seguir durmiendo. Los mosquitos o las pulgas que habían merodeado discretamente por mi cuerpo toda la noche, a última hora se habían cebado tanto en mis pies que tuve que optar por levantarme. Tenía además la resaca de un trabajoso sueño que me estaba dejando el cuerpo muy cansado. Había salido muy temprano del albergue y el sendero ascendía las laderas de una montaña como si tuviera que rodearla. Seguía confusamente las señales amarillas por una empinada pendiente hasta que, llegado a un altillo en que el camino daba vista a la ladera opuesta, la pendiente se hacía muy abrupta. Toda ella estaba cubierta por grandes telas como sábanas de centenares de metros que cubrían la montaña desde lo alto a sus pies. Por alguna razón de la que el sueño no da cuenta, dejé allí mi macuto y me decidí a afrontar aquella ladera descendiendo la misma agarrado a las sábanas como si de un rápel se tratara. Cuando llegué abajo después de liarme un notorio número de veces con las telas, la sensación de absurdo me envolvió. No servía de nada haber descendido aquella montaña porque de algún modo tendría que volver a por mi macuto donde guardaba todo lo necesario para seguir mi peregrinación. Quizás estaba amaneciendo y Dante apareciera tras una roca para ayudarme en esto que se me parecía la laguna Estigia. No obstante, mis pasos, ajenos a mi voluntad y cargado con claras razones que yo desconocía, emprendió el camino del albergue de donde había salido minutos, horas, quién sabe cómo se mide el tiempo en los sueños. Ahora mi angustia era mi macuto abandonado en algún lugar impreciso de aquella extraña y agreste montaña. Pero allí estaban las pulgas para con su incordio y molestias para mis pies traerme la tranquilidad a mi cuerpo que, aunque picoteando no tendría que subir ninguna montaña ni buscar ningún macuto en sus laderas. A Dios gracias, sólo era un sueño, yo dormía en la parte alta de una litera y mi macuto estaba allá abajo al alcance de mis manos. 


Hoy anduve antes de que amaneciera. Hacía frío. Pasé por un par de pueblos como un fantasma en penitencia. Todos los perros del camino me ladraron. Más de una vez tuve que agacharme para coger piedras del suelo ante la amenaza de unos ladridos cercanos que salían de la oscuridad de la noche como si sus dueños fueran a saltar ya mismo sobre mí.

Cuando el sol estuvo a dos dedos del horizonte, en esta mañana tan fría me tumbo en el camino  tratando de dar algún alivio a mi espalda. Desconecto la voz del lector que, como cada mañana, me lee pacientemente las páginas de El libro del desasosiego. El sendero son dos rodadas de arcilla roja y un pequeño promontorio de hierba entre ellas. Una capa de rocío cubre todo lo que no sean las rodadas donde acomodo mi cuerpo. Tumbado dejo que el sol me llegue a la cara a través de mis piernas abiertas. El sol. Ah, el sol.


Como algo, unas barritas, un poco de pan y chocolate, los restos de un bocadillo, y cuando continúo el camino vuelvo a enfrentarme a la impúdica sinceridad de Pessoa que sin que le tiemble la mano escribe: “Yo nunca he amado a nadie”. Frecuentemente la lectura de Pessoa aparece como un canto a la tristeza y a la desesperanza, un orgulloso canto a la soledad en la que el autor, de hecho reñido con el mundo, va depositando con una prosa brillante y autosuficiente las gotas de su propia sangre con aspecto de hiel: “Mi vida, tragedia fracasada bajo el pateo de los dioses. Amigos, ninguno. Sólo unos conocidos que creen que simpatizan conmigo y que tal vez sentirían pena si un tren me pasase por encima y el entierro fuese un día de lluvia”.

Y mientras mi sendero atraviesa un pequeño valle entre dos alturas del terreno donde crecen los brezos y algunos pinos, Pessoa continúa: “El supremo estado honroso para un hombre superior es no saber quién es el jefe de Estado de su país, o si vive en una monarquía o en una república. Toda su actitud debe ser situar al alma de modo que el paso de las cosas, de los acontecimientos, no le incomode. He rechazado siempre que me comprendiesen. Ser comprendido es prostituirse”.

Pero, ¡atentos!, que no todo es sólo es soledad, desapego de lo otros, también hay un orgullo y un desprecio que a uno lo encoge por dentro y le hace susurrar para su coleto que Pessoa era un cretino. Esto que me encontré cerca de Condeixa-a-Nova: “Recuerdo, con tristeza irónica, una manifestación de obreros, hecha no sé con qué sinceridad (pues me cuesta siempre admitir sinceridad en las cosas colectivas, visto que es el individuo, a solas consigo mismo, el único ser que siente). Era un grupo compacto y suelto de estúpidos animados que pasó gritando diferentes cosas ante mi indiferentismo ajeno. Sentí súbitamente una náusea. Ni siquiera estaban suficientemente sucios. Los que verdaderamente sufren no se hacen plebe, no forman conjunto. Lo que sufre lo sufre solo… Corrían como la basura por un río, por el río de la vida”. Ganas me dan de dejar aquí mismo la lectura de Pessoa. Esta egolatría, como cantara Machado de una Castilla ayer dominadora que envuelta en sus harapos desprecia cuanto ignora, resulta insultante para la inteligencia y coloca a Pessoa en la situación de un enfermo con necesidad de asistencia médica. Cuando lea esto mi amigo Jorge Túa o mi amiga de Mérida seguro que me echan un rapapolvo.


Y saliendo del café de la media mañana de estos últimos días leo un nuevo email de mi amiga desconocida que me escribe camino del ambulatorio y me atribuye haber llegado yo a alguna conclusión de algo que no recuerdo, y yo, que soy tan poco dado a las conclusiones como no sea para poner a Pessoa de vuelta y media por algo que leí hace un rato, le contesto que hombre, tanto como llegar a una conclusión es mucho decir, que uno escribe, que no es poco, como en el amanecer de la película de Cuerda, pero de conclusiones nada, o leo por encima o mejor uso a voleo lo que me llega según el rumbo y vuelo de lo que me viene al magín. Si fueras azafata, le escribo, del avión de mi imaginación el lugar en donde fueras a pernoctar al final del vuelo sería siempre incierto, ¿Ítaca, Macondo, Sandokan, esa isla del Mediterráneo de un cuento de Cortázar que el pasajero ve asomar por la ventanilla del avión y de la que se enamora al punto de pasar a ser su futuro hogar, el aeropuerto de Islandia a donde mi amigo Paco vuela estos días para ver la aurora boreal?
Francisco Umbral escribió su crónica diaria en los periódicos mientras iba a comprar el pan. Ya veo que tú haces algo parecido mientras vas al ambulatorio. Espero que no sea un despiste y, habiéndote despertado a medias, hayas confundido el ambulatorio por el aeropuerto (y aclarar para que esto no suene raro que mi amiga desconocida es azafata). No te preocupes, es que hoy ando un poco lunático, el otro día no me dejaron dormir las gatas y hoy a las cuatro de la mañana me he tenido que levantar porque no resistía ya el picor de las pulgas (por cierto, el albergue estaba limpio y ordenado). Todo lo cual hace posible que pueda escribirte todo esto caminando a una velocidad media de cuatro kilómetros y medio por hora. Días hubo en que he sido capaz de cascarme un post de más de mil palabras a esta velocidad con diez kilos a la espalda.
Respecto al florecimiento de los almendros que me dices apuntan ya por Valencia, te digo que en mi casa dejé varios con las flores a punto de brotar. Cuando las hojas abandonen sus ramas y dejen el suelo cubierto de nieve, le puedes decir a tu jefe que nos preste un bicho de esos que vuelan y nos vamos a Japón a pasear entre los ciruelos. Es imposible leer un libro o ver una película japonesa sin que estos o la pirámide nevada del Fujiyama aparezcan, así que la cosa debe de ser digna de ver, como decía Santa Teresa.

Y como era de esperar, caminando a cuatro kilómetros y medio por hora y escribiendo a la vez a mi amiga desconocida sucedió lo que tenía que suceder, que me pasé dos pueblos de la última señal amarilla y me tocó rehacer parte del camino.

En Cernache un número dado por teléfono actuó como abracadabra para abrirme el albergue. Estos albergues son heladores. Es imposible estar en ellos a gusto si no te encuentras sumergido hasta las orejas  bajo tres o cuatro mantas. Según avanzo hacia el norte observo bajar cada vez más la temperatura. En compensación veo que las distancias entre etapa y etapa se aligeran: hoy veintiséis kilómetros y mañana, que llego a Coimbra, no llegan a doce.

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